Visión Poética de un Cuento

«A través del cuento ‘El Maravilloso Viaje al Fin del Mundo de Pipilo y Maruca’, Remberto Latorre Vásquez, su autor, nos mostrará que lo solidario es necesario, que la gratitud es la memoria del corazón, que somos unicidad con el entorno, que el hálito de lo sagrado puede ser percibido en cada instante de la vida, que no somos una simple fórmula y que es posible soñar y encontrar en nuestro interior la semilla de la eternidad».

Por Jorge Dias*

Jorge Días, poeta

Se acerca el fin de año y vale la pena volvernos a algunas de las publicaciones que autores de la región dieron a luz en 2012. Uno de esos títulos fue el libro “El Maravilloso Viaje al Fin del Mundo de Pipilo y Maruca”, del escritor Remberto Latorre Vásquez, texto que en su ocasión me correspondió comentar en su lanzamiento, el 23 de abril, Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor, en el apacible y acogedor Centro Cultural San Pedro y San Pablo, de calle Egenau, en Rengo.

Con el texto ya en mi poder, me predispuse a encontrar en sus páginas a poderosos gigantes, brujas malvadas, monstruos de tres cabezas, quizás sofisticadas máquinas bélicas, princesas encantadas, en fin, historias ya narradas en cuentos clásicos de la literatura infantil y juvenil.

Craso error. En un lenguaje claro, sencillo y poético, el autor, con oficio y maestría nos relata un cuento atípico en este género literario.

Su pluma nos lleva a una zona rural de nuestro país, posiblemente los alrededores de Rengo, a mediados del siglo pasado. No da nombres. Sólo el de algunos personajes: los hermanos Pipilo y Maruca, su tía Lola, Huguito, la vecina Casilda y las mascotas Sultán y Lirón…

Tampoco el autor cree necesario describir sus rasgos físicos. Después comprenderemos sus razones.

Ambos hermanos están colmados de preguntas y ansiosos de respuestas:

-¿Cuándo nos vas a llevar a conocer el fin del mundo, papá?- pregunta Pipilo.

-¿La rosa tiene pistilo, papá?- interroga la niña.

Leen libros sobre botánica y hormigas, que el padre les ha regalado. Aman la naturaleza y están rodeados de ella: se deleitan con arroyos luminosos, donde suelen jugar a perderse entre sauces y álamos nuevos.

En el lugar escasean las viviendas y a los cercos los cubre la zarzamora.

De vez en cuando visitan el hogar de la tía Lola y un corredor enladrillado los recibe. En su patio cría aves de corral mientras zorzales, tordos y golondrinas se hacen los invitados. La Tía dice: “mi pequeño zoológico de aves en tránsito nos espera”. Muy cerca, un pequeño bosque guarda sus misterios y en la lejanía se escucha el paseo de un tren que huye…

Es el mundo tangible de Pipilo y Maruca; pero también poseen un riquísimo mundo interior, pleno de fantasías, de sueños y duendes. La imaginación los hace inventar cuentos donde ellos son los protagonistas. Entonces lo real y ficticio se mezcla, creando un universo de mágicas aventuras.

La brisa, la lluvia, el viento, adquieren rasgos humanos y a viva voz dialogan con nuestros héroes… Después una gota de agua se transforma en burbuja y en su interior, los lleva hacia el fin del mundo, impulsados por el Viento Sur.

Será un viaje de autodescubrimiento y de exploración. Un viaje donde los pequeños lectores aprenderán que lo solidario es necesario, que la gratitud es la memoria del corazón, que somos unicidad con el entorno, que el hálito de lo sagrado puede ser percibido en cada instante de la vida, que no somos una simple fórmula y que es posible soñar y encontrar en nuestro interior la semilla de la eternidad.

Pero para los adultos como usted y como yo, que aún llevamos consigo ese niño que un día fuimos y que se niega a morir, este libro… ¿qué puede significar?

Le contesto con palabras del poeta Efraín Barquero:

“Es la infancia, la ventana encantada de la infancia, la que vuelve a abrirse como un rostro humedecido y tristemente alegre de tanto asombro y lejanía. Es la voz antigua de la lluvia, que en lugar de extraviarnos en sus bosques misteriosos o en sus andenes solitarios, nos acerca a lo que fuimos, nos sienta ante el fogón de las sombras fugitivas, nos hace niños otra vez, nos empuja oscuramente a las raíces de la tierra y a encantarse con el sol y la grandeza del cielo”.

Claro, el materialismo y el consumismo exacerbado, quieren hacer del pasado olvido. Combaten la nostalgia como una de las principales enfermedades del ser humano, de las sociedades, de las personas.

Pueden, peyorativamente, catalogarnos de nostálgicos.

Ellos no saben que el Paraíso Perdido de cada uno de nosotros es la infancia. Hay, ciertamente, infancias desdichadas, pero, incluso en ese caso, yace en el corazón del niño un misterio de felicidad.

Como lo expresó Erich Fromm en una de sus obras, vivimos en un tiempo de placeres sin alegrías. Ciertamente, este libro nos lleva por el camino correcto. Y nos da el coraje para viajar a la lejana aldea, allí donde no hay pasado; allí donde los disfraces solo sirven para jugar.

* Poeta. Autor de “Fruto Tardío” y “Antología Imaginaria”.