Comentario a “El Libro de los Cinco”, de Remberto Latorre, et al.

Cuatro de los cinco autores. De izquierda a derecha: Remberto Latorre, Ángel Morales (de pie), Julio Barrenechea y Eugenio Valenzuela. Ausente, Juan Borie.


“Este retrato de época no se refiere tanto a las costumbres y hábitos de su generación, que de todas formas están presentes; sino que explora el mundo interior, la sensibilidad, el descubrimiento y asimilación de la vida, en cinco niños, adolescentes, jóvenes, hombres maduros y adultos mayores… de mediados del siglo XX hasta hoy”.

Por Jorge Díaz Arroyo

¿Qué es El libro de los cinco. Homenaje al Instituto Nacional en su Bicentenario: 1813 – 2013? Quizás sea más simple explicar qué no es. No es una publicación homenaje del tipo corporativa, donde abundan las loas y las crónicas. Tampoco es una reseña histórica. Es un canto y celebración de la amistad, como valor, como experiencia, como virtud, como bálsamo de la vida… no por ello exenta de tensiones, sinsabores o insatisfacciones ¿Puede la amistad verdadera estar carente de estos ingredientes?

Éstos cinco autores, “los pingüinos”, bautizados así por los hijos de uno de sus integrantes, son un puñado de amigos que se conocieron a partir del año 1952, al alero del Instituto Nacional (al que dedican el texto), y que ya cuentan setenta y tantos años.

La obra, propiamente, se inicia con un prólogo que contextualiza el sentido de homenaje del libro, para dar paso, luego, a cinco crónicas, cada una a cargo de un miembro del grupo, que si bien son distintas, resultan armónicas y exquisitamente complementarias, no solo por el estilo escritural de los autores, sino por el tono, tema, perspectiva y experiencia vital abordada, convirtiéndose el conjunto en un retrato de época. Este retrato de época no se refiere tanto a las costumbres y hábitos de su generación, que de todas formas están presentes; sino que explora el mundo interior, la sensibilidad, el descubrimiento y asimilación de la vida, en cinco niños, adolescentes, jóvenes, hombres maduros y adultos mayores… de mediados del siglo XX hasta hoy.

La entrada a ese mundo privado se hace con sutileza, con elegancia (espontánea, nunca pretendida), propia de la franqueza noble de un hombre –cinco, en este caso– que se desnuda en un ejercicio que implica una reflexión serena, profunda, necesaria… no por esto poco dolorosa, persiguiendo aprehender el sentido último de la vida… del mundo… del porqué estar aquí… O -si resulta imposible responder a ello- al menos del, “ya que estamos aquí, qué hacer para darle sentido a esa estadía”. Como ocurre cuando estos ejercicios están bien ejecutados, inevitablemente se vuelven estímulo para que los lectores también los realicen.

Revisemos el libro en sus cinco partes centrales.

Portada de "El Libro de los Cinco. Homenaje al Instituto Nacional: 1813 - 2013"

Remberto Latorre ofrece un retrato social de una familia –la suya– rururbana, provinciana, de la zona central de Chile y de clase media (que en estándar local resulta de “clase acomodada”), y los vaivenes materiales de ésta, al tiempo que relata los esfuerzos y búsqueda de realización de sus miembros a través de los estudios, el emprendimiento, y la vida familiar; además de su personal asombro ante la cultura, que consume más sistemáticamente tras su arribo a Santiago, para ingresar al Instituto.

Julio Barrenechea bucea en su mundo interior, por medio del lenguaje poético, con una capacidad de asombro propia de un niño, cuyos versos resultan, con frecuencia, dolorosos. Este niño, vestido en tenida “formal”, nos cuenta en la segunda parte de la sección a su cargo, una sabrosa y entretenida anécdota sobre “los trabajos y los días” de un cónsul chileno en Tacna, Perú, preocupado en unir a los pueblos por medio de la cultura.

Ángel Morales, Tito, es otro niño-hombre, sorprendido con las novelescas historias familiares de sus ancestros. Asimismo nos comparte las alegrías y penas de la infancia, los laberínticos caminos del amor (con final feliz para él) y un lúdico (otra vez aparece el niño juguetón) relato médico que prepara el ambiente a una especial “efeméride” de sus amigos.

Eugenio Valenzuela, nos conduce -de la mano de la ópera, de la que se vale para fijar varios epígrafes- por una serie de pasajes vitales, a menudo colindantes al dolor, pero no a ese estéril o que atrofia o paraliza, sino a uno nutritivo y necesario para crecer, madurar, templar y humanizar. Vemos así en sus páginas transitar a maestros de piano (tres, pero especialmente dos, muy distintos); a su madre y a su padre, también diferentes; a su tío sacerdote; a unos ocasionales amigos italianos; a un vecino español que gusta de la ópera y la zarzuela… y a Carmen, deleite y compañía…

Concluimos con Juan Borie, ausente en Chile por más de 20 años, por un exilio en Francia relativamente autoimpuesto, y quien parece siempre aprontarse concretar un anunciado y deseado retorno… que se ha retrasado ya demasiado tiempo. Juan luce un pesimismo lúcido, que le permite en simples cartas –sin ninguna pretensión intelectual– realizar certeros diagnósticos sobre Europa, Francia, Chile y la cultura occidental contemporánea, que, escritos en distintas épocas, han demostrado ser premonitorios. Juan Borie no escribe para este texto, como sus compañeros (doble muestra de su “ausencia”), pero autoriza la reproducción de sus cartas, en la que igualmente se revelan aspectos de su vida.

El conjunto está muy convenientemente salpicado de fragmentos de misivas y correos electrónicos que a veces dan cuenta de la preparación del libro, los comentarios de los avances que sus autores han revelado y otras coordinaciones cotidianas, como las que acuerdan las periódicas reuniones a comer y conversar “mirándose a la cara”. Nos muestran así, los autores, el tejido cotidiano de su amistad… el principal regalo, recado y mensaje que contiene este libro.